Mario. Peluquero curtido más por los años de adoctrinamiento casero y la fuerza de la costumbre que por el estudio. Descansa en el escaparate de su local. Viendo la gente pasar. Exhalando el humo de un negro.
Era la tardecita y el movimiento de la urbe iba en descenso. En eso ve pasar un joven o como él acostumbra decir "nuevo adolescente". Lo acompaña con su mirada de párpados arrugados de varios abriles.- Aprovechá el tiempo nene...- le dice mientras pasa. El aludido se detuvo. Soslayó una mirada, de sorpresa primero y de cierto recelo después.- Por?- Contestó a secas el joven al son de un levantamiento de hombros. Con la mayor simpatía que pudo demostrar porque la idea de que una persona mayor totalmente desconocida comenzara a hablarle tan naturalmente le molestaba en cierto aspecto y aún más que ofrezca gratuitamente sus consejos sin que él lo haya pedido. Luego de un breve silencio Mario continúa -porque te lo dice, un viejo amargado-. Quedó viendo el rostro del viejo. En la penumbra pudo adivinar brillantes lágrimas en su rostro, una de ellas descansaba su pereza en lo que parecía ser una añeja cicatriz en el pómulo. Se reservó el impulso de contestar alguna grosería. Por respeto a su pesar. Desconocía cual fuera la causa de su tristeza. Tampoco le importó demasiado.¿ Se estará por morir este viejo? Pensó mientras reemprendía su marcha hacia la casa de su amigo Román, varias cuadras arriba.
Al viejo solo le quedaba apagar las luces y cerrar las cortinas. Finalizando otra jornada "medio pelo" según su forma de decir cuando no ha habido grandes ingresos. Al muchacho ya menos distancia le quedaba para llegar a lo de Román. Comenzaba la noche e iban a encontrarse con algunas "amiguitas". Pasó al baño en casa de su amigo. Quería arreglarse un poco el pelo y mientras lo hacía pensaba largamente. Había música y una galería entera de rostros en su mente. Román entró también para devolver un desodorante a una estantería. Le hablaba de algo. pero un algo que se oía lejano, como el rumor de tormenta desde dentro de una habitación del pánico.
Perdido completamente en un bosque de pensamientos comenzó a sentir cosquillas en la cara.Resultó ser su amigo jugándole una broma. Entre risas pidió disculpas, pues notó su humor raro. -dejame de joder- Contestó él, rabioso por la interrupción. Dale Marito! cambia la cara que nos esperan las chicas. Salen juntos del baño. De la casa. Ahogado en pensamientos nuevamente. Ya en la calle. Ya en trámite de viaje. El trayecto se hace más rápido de lo normal. Se percata de esto cuando ya eran cuatro en una mesa. Suave música de fondo. A su lado una muchacha no deja de sonreírle. Logra ver sus ojos. Sus pupilas como cuencos son oquedades que le traen imágenes del ayer. Recuerda las clases de primaria. Poesías, cantos y dibujos. Imaginaba los aljibes de la época colonial profundos y oscuros como las orificios de un asteroide. Como los cuencos que tenía frente a sí. Sintió ese discurrir de cosquilleos en el vientre. Pues quería embeberse de esos labios. Captar de alguna manera esa belleza e impregnarse de ella, poseyéndola. Pero otros aspectos de su psique lograban sosegar la situación. Equilibrando su sentir.
Le devolvió la sonrisa a la muchacha y la besó. Lo decidió luego del segundo trago. Quizá el último de la noche. De esa noche o de la cita.
Amaneció envuelto entre sábanas y letargo. Una sensación de sopor placentero se adueñaba de su cuerpo haciéndolo olvidar por momentos. Apartándolo de sus cavilaciones. Olvidando por momentos que su chica, recostada sobre su pecho desnudo suavemente acariciaba, con la dulzura de dama, con esos detalles que acompañan a las mujeres desde el amnios la cicatriz en su rostro.