Hay
algo allí y no sé que es. A través de la ventana logro ver un
sinfín de espectáculos. El tinte particular del otoño con sus
matices amarillentos, tostados y notas verdes que ya nos van dejando.
El
viento mece las hojas. Las
ramas en movimiento son sostén de los pájaros. Algunos de ellos
encuentran que comer en el colchón de hojarasca. Otros se acicalan y
se asustan revoloteando. Dispersándose.
A
través de las hojas puede verse el cielo, como una obra vedada
apenas sometida a la censura de la naturaleza. Como si ella quisiera
ocultar su mensaje. Prohibirle a los ojos de un mortal la profundidad
de su significado.
Hay
aromas dulces en el ambiente. Un dial que corre de ruido blanco a
hermosas melodías. Se oye cantar un muchacho de suave voz, claro
aún, a pesar de la distancia. De la lejanía en el tiempo. Sigo
imaginando como moja sus pies en la luna. Como
se
recuesta. Como las estrellas vienen también a dormir.
La
pava exhalando su aliento cálido. Como un caldero de antaño. Con
ese lenguaje propio del vapor, que sabe entenderse también con el
humo. Con esa insustancialidad
informe propia de ambos. Propia también del viento.
Oigo
un llamado desde los jardines. Los perros con sus ladridos
interrumpen una moraleja quizás muy pronta. Pero determinante como
suele ser la angustia. Como lo es el frío del metal por la mañana.
Ese frío tan propio de este material cuando no ha sido acariciado
aún por los rayos del sol o incluso por las manos. Cuando ha estado
en un cajón, quizás por mucho tiempo. A veces olvidado, otras veces
muy presente.
A través de la ventana pueden verse las hojas y aún el cielo tan lejano y majestuoso... que ni aún un simple disparo logra turbar.