jueves, 2 de febrero de 2017

Almacén de barrio


La estela de polvo resistía a marcharse del todo cuando el motor se detuvo. Bajó del coche expectante, echándole largas miradas en derredor a las obras edilicias que desde donde estaba alcanzaba a ver. Su frente no demoró en perlarse debido al picante brillo de un sol de mediodía. Sin brisas. Hurgando en el interior de sus bolsillos.
  Charline. La almacenera, parada en la entrada del local con sus brazos en jarra todo observaba. Contrastes tiranos entre un claro vestido floreado y una piel caoba brillante podían verse a la distancia. Un rostro inmutable cual máscara. Ojos oscuros como oquedades cada vez más penetrantes. El individuo de nada de esto se percata. Cualquiera pensaría que ella lo acecha a plena luz.
  Volver al barrio después de tanto. Aunque se haya dejado caer por allí causa del descuido. Algunas calles cambiadas. Pero la calle de tierra y el almacén siguen iguales. Como un extracto del pasado aún intacto. Cada imagen presente llevaba un subjetivo mensaje " lo guardamos así...esperándote".
 Cruza la calle pensativo. Pateando algún cascote. Enjugándose la frente. Levantó la vista descubriendo con abrumadora sorpresa el rostro de la almacenera que lo venía acompañando con esos ojos. Esas profundidades hablaban de rencor. De desprecio absoluto. No demoró en sentirse miserable de forma gratuita.- Que le hice? Pensó. Mientras escupía un tenue "hola" que se oyó más a suspiro que otra cosa.
  La mujer apenas se movió para dejarlo pasar. Sosteniendo una mirada que se profundizaba cada vez más. Él recibió dos sorpresas al entrar. La primera fue que logró hallar la lista de compras. La segunda. Nada que comprar había allí pues, se vio encerrado entre cuatro paredes totalmente ciegas. Desesperación en crescendo. El miedo escurría por su médula haciéndolo sudar. Ahora de puro y auténtico pánico. -y la luz de dónde sale? Susurró contrariado. Con sus manos buscaba una abertura, alguna muesca, un picaporte. Absolutamente nada en ninguna superficie. Se encontró, de súbito, encerrado en un lugar totalmente diferente y sin ninguna clase de aberturas pero con una extraña iridiscencia presente que no ayudaba mucho.
  Comienza a gritar. Arrancando de sí un llanto inconsolable que, poco a poco va dando origen un sentimiento de rabia aún más potente. Al virar hacia el centro de la habitación descubre que justo al medio hay un armario de finas maderas color nogal. Fue un clic interno entre el anegamiento de sus lágrimas y el morder con fuerza un recuerdo de ojos oscuros. Ojos de desprecio. Donde se encendió, iracundo, enardecido con aquel mueble. Golpeándolo salvajemente con sus puños apretados. Pudo sentir placer al fin. Una sensación cuasi orgásmica entre tanto desenfreno. Tantos gruñidos guturales ya infrahumanos. Golpeando. Rompiendo. Desgajando pedazos de madera sangrante. Desquitándose con el mueble o, tal vez golpeando el recuerdo atávico de unos ojos negros que alguna vez lo observaron con desprecio. Gruñidos de placentera alegría babeante. Jadeando hasta desvanecerse.