A
veces las directrices de las circunstancias se dejan llevar por
ambientes de lo más inhóspitos discurriendo por fin en resultados
desopilantes. otras veces escabrosos o hasta terroríficos en
demasía.
En
los remotos despojos de una olvidada urbe. Allí, donde alguna vez el
gentío y sus actividades cotidianas apenas borrosas huellas han
quedado para dejar evidencia del paso del humano por aquellos parajes
hoy desolados.
Tal
es así que una buena tarde quedamos a pié de la manera más
literal. A mitad de camino de retorno y en plena ruta desierta.
Desconocida por todo el grupo. Hubo que echar mano a los celulares
para comunicar a la familia del infortunio y también para hacer uso
de las modernas aplicaciones como el GPS. Pero no logramos mucho ya
que, la recepción era prácticamente nula en el lugar donde caímos
en suerte. Debimos volver como se dice con frecuencia "con el
caballo cansado" con mi sobrino y un amigo que luego agradecí
de sobremanera su compañía durante y después del viaje.
Para
poder llegar a destino de la manera más segura y a pesar de la
escasa señal que por aquellos parajes nuestros aparatos colectaban.
Optamos por depositar nuestra confianza en el GPS del celular, ya
que, como he referido con anterioridad ninguno de nosotros reconocía
la zona. Jamás ninguno ha surcado estos senderos que por cierto muy
olvidados por el hombre reflejaban estar. Tan solo los vestigios de
lo que alguna vez fuera una calzada por entre los matorrales de
abundante hierba asomaban y mostraban estos evidencia necesaria para
determinar que allí hubo pavimento.
Atajos
extraños nos llevaron con acierto a las entradas de lo que parecía
una vieja fábrica abandonada. El edificio daba muestras de lo que es
capaz el tiempo, el clima y sobre todas las cosas el humano. La
aplicación en pantalla dejaba ver que, precisamente, era por allí
donde teníamos que pasar. Supusimos que esto se debía a algún
error de cartografía , pero aún así y movidos como casi todo
humano por las fuerzas de la curiosidad decidimos meternos en aquel
paraje, eramos dos adultos de veintiocho años y mi sobrino, un
muchacho de 14 que también insistió para hacerlo. los adolescentes
suelen tener esa carga extra, esa necesidad de extasiarse con un poco
de adrenalina, cosa que, personas que ya peinan las tres décadas ya
no lo necesitan tanto.
Fuimos
adentrándonos poco a poco. Aguzado el oído y estudiado un poco el
terreno. Pasamos primero por lo que alguna vez fuera una portería
ubicada sobre una calle de asfalto resquebrajado donde por cada uno
de los intersticios cundía la mala hierba. Avanzamos esquivando todo
tipo de objetos. En su mayoría chapas y vigas en avanzado estado de
herrumbre. Pasando cerca de un gabinete con sus plásticos destruidos
de lo que, al parecer en su buena época haya sido un equipo de
radioaficionados que intenté patear en un primer momento pero,
invadido por una suerte de respeto hacia la edad del objeto me privé
de hacerlo. Frenando mi pié abruptamente a escasos centímetros de
su objetivo.
Ya
cerca de uno de los edificios de concreto ingresamos por un
gigantesco hoyo que, en la gran masa grisácea daba todo el aspecto
de ser un gigantesco cíclope despierto a medias. los tenues
destellos crepusculares que lograban colarse por entre aberturas y
tragaluces brindaban la iluminación necesaria, dejándonos ver
conforme avanzábamos sendas paredes empapeladas con anuncios en su
mayoría de cine. Los había de publicidades de jabón y también de
restaurantes de comida rápida entre otras cosas. Había también
varios carteles de hierro, de marco color verde de los que abundan en
la Gran Ciudad y que se usan para publicitar pero sin sus postes y
amurados en las paredes como si fueran cuadros dando un toque
pintoresco a tan proverbial abandono.
La
charla que para ese entonces era prácticamente errática se volcó
hacia el lado de las películas. Cuál era mejor; qué actores
destacaban o mejor interpretaban su papel. Si comedia, acción o
drama; los artistas y sus vidas fuera del set y tonterías por el
estilo. Así transcurrió buena parte del trayecto. Con animosa
plática pero a medida que adelantábamos el paso iban cambiando
algunos detalles del empapelado que iban cautivando nuestro interés
de una manera cada vez más escalofriante. Vimos luego varios
collages de afiches. Personas construidas con pedazos de otras en
papel, piezas muy prolijamente dispuestas daban la sospecha de que se
trataba del refugio de algún artista plástico del under, o de algún
grupo de artistas y estas galerías misteriosas que recorríamos. Sus
talleres de trabajo. Algunos metros más adelante la cosa se tornó
más surreal y aberrante a su vez. Ya nos encontramos con pinturas
sobre lienzo que se salían de lo común. De lo que algún
surrealista pueda plasmar. Bajorrelieves en el revoque de las
paredes. Esculturas de papel maché, yeso y arcilla cuyas formas aún
hoy me resultan difíciles de describir en palabras y que, si el
motivo de su creación no ha sido otro que el de generar turbación y
desasosiego, cumplían muy bien con su propósito. Logramos ver entre
un recodo de penumbras el cuadro de un prócer con la cara pálida de
maquillaje y ojos ahuecados. Seré franco al decir que, describirlo
en simples palabras no alcanza para retratar la obra que, si bien
para algunos podría tratarse de una obra "freak" o hasta
humorística inclusive. El solo hecho de haber estado presenciando
aquel fresco hacía a uno ponerle la piel de gallina. Había detalles
que desnudaban las fibras de lo más profundo del miedo pues el fino
labor de los pinceles hacía parecer que fuera tridimensional o
incluso real. Lamentablemente no fue aquello lo más abrumador de
nuestra aventura.
Seguimos
el trayecto con cierto apremio; más por deshacer la turbación que
por el simple hecho de continuar. Quedamos en silencio a la
expectativa de posibles opiniones de los demás o la espera de
cualquiera de los presentes emita un comentario que nos salve a todos
de la inquietud. Tendí mi mano sobre el hombro de mi sobrino y le
revolví un poco el cabello consiguiendo que sonriera aunque por
dentro nuestro permanecía la certidumbre de que un algo más
grandioso que los simples chascarrillos iba hilvanándose y el
cuentagotas del tiempo sobre nuestros hombros cerniéndonos ya de
oscuridad.
A
los pocos metros del prócer se erigía una cámara. Un recinto aún
más extraño ya que tanto su estructura como su contenido en sí,
nada tenían que ver con la fachada industrial en la entrada. Las
luces de los dispositivos nos dejaban ver bibliotecas atestadas de
vetustos volúmenes. Mesas con pilas de libros antiguos de lomos de
cuero reseco por el tiempo. El aroma a papel de antaño que estos
emanaban era intensísimo. Varias estanterías con frascos cuyos
contenidos variaban de líquidos y polvos de colores vivos y oscuros
eran algunas de las nuevas cosas que descubrimos. Tenía todo el
aspecto de ser un laboratorio de alquimia traído de los pelos desde
la alta edad media y depositado allí en el melancólico rincón de
una vieja fábrica abandonada. Paseamos un poco presas de la sorpresa
inesperada que resultó ser este hallazgo y otro tanto de lo
interesante que suponía pues, no eran cosas que uno pueda
encontrarse muy seguido por la vida. Me atreví a husmear los
libracos pero desafortunadamente, solo los que logré abrir sin que
sus hojas se conviertan en polvillo estaban escritos a pulso y en un
lenguaje que pude determinar con mi escaso conocimiento trataba de
latín. Había uno particularmente gigantesco sobre una mesa. El más
grande que he visto en mi vida. De lomo blanco amarillento, con
detalles en cada una de las esquinas de la tapa de un metal que
parecia ser bronce oscurecido y una especie de tirador en el medio
del mismo material que me recordaba mucho una puerta antiquísima.
Algo de este ejemplar me abrumaba lo necesario para mantenerme a una
distancia prudencial. Luego con mi amigo optamos en silencioso
acuerdo, determinar el contenido de algunos frascos. Algo nos hacía
suponer que pocos peligros deparaban hacerlo ya que al tratarse de
frascos tan viejos los compuestos o elementos en su interior ya
debían estar oxidados, reducidos o vencidos llegado el caso, si de
fármacos tratase. Tomé un pote color caramelo de aproximadamente un
kilo. En su interior una pasta blanca, lo que parecía ser yeso,
cautelosamente tomamos una espátula delgada que empleamos para
remover un poco el yeso y debajo del mismo un material metálico que
se opacaba en un destello. Recordé las clases de química en el
laboratorio. El magnesio se comportaba igual. Dicho elemento, en su
estado puro debe estar protegido de la intemperie ya que se oxida
rápidamente. Tomamos un poco y lo arrojamos sobre un charco de agua
en el suelo. La violenta reacción que produjo confirmó nuestras
sospechas. Dejamos el frasco en su lugar y a cambio tomamos uno que
ya bajo las tenues luces de los celulares reflejaba un color
anaranjado, al retirar la tapa su contenido comenzó a emerger con
tanta violencia que por mero acto reflejo solté el recipiente para
evitar que la desconocida sustancia entre en contacto con mi piel. Al
caer y hacerse añicos dimos un respingo los tres. Se encendió una
luz fluorescente lo que agregó varias capas de espesor a la angustia
ya rezumada. Cual ratas de laboratorio quedamos espectantes, notamos
que mi sobrino estaba cerca de la pared y en ella había una tecla de
encendido lo cual no le restó misterio a lo que estábamos
experimentando. Puesto que dábamos el predio todo por abandonado
desde hacía décadas y el hecho de que allí haya fluido eléctrico
abría un abanico de posibilidades muy diferentes.
El
silogismo fue casi automático; había luz, la luz es un servicio
pago, alguien debía pagar los impuestos ya que a alguien debía
serle de utilidad tener dicho servicio allí. Entonces sopesamos la
posibilidad de la existencia de algún guardia o sereno en las
inmediaciones. Nos tranquilizó un poco el hecho de que el mapa del
GPS nos guió hacia ese lugar. Aunque no fuera del todo convincente
era una barandilla argumental de la cual sujetarse en el supuesto
caso que nos topáramos con algún elemento de seguridad y debiéramos
presentar excusas prudentemente acerca del porqué de nuestra
presencia en el lugar. Por otra parte, el hecho de que luego de la
caída del frasco no hubiera otro ruido que el de las constantes
goteras en la cercanía hizo que el pánico fuera disminuyendo.
Además ahora teníamos la luz para examinar mejor los
hallazgos por lo que seguimos hurgando, leyendo, observando las
distintas cosas.
Mis
ojos maravillados fueron acariciando la multitud de libros. Un
extraño brillo a una altura determinada cautivó mi atención. Era
un reflejo cristalino que provenía desde una de las bibliotecas
centrales. Precisamente desde el lomo de un libro en particular. Uno
color ladrillo que al acercarme para examinarlo con detenimiento mi
cerebro no demoró mucho en dilucidar. Era algo obvio. Algo ya común
en algunos ámbitos pero totalmente inesperado allí. Una lente de un
cámara de seguridad. Dentro, un obturador activo y un zoom se
regulaba. Mi corazón dio un vuelco rotundo y no pude más que
alertar a los demás mediante gestos rudimentarios. Lo que para mi
era alarmante para ellos parecía no ser lo suficiente hasta que
fuimos arrancados de ese inexplicable trance de confusión por un
estridente ruido a puerta metálica o escotilla pesada que vino desde
detrás de las bibliotecas embutidas en las mohosas paredes del
tugurio.
Correr
como nunca. Sortear obstáculos casi sin mirar atrás en consonancia
con desenfrenados respiros de desesperación fue la respuesta más
adulta que pudimos dar ante la situación. Transcurrido cincuentena
metros de carrera mi sobrino y yo nos dimos cuenta de que mi amigo ya
no estaba, varios metros detrás nuestro parado de espaldas a
nosotros. Con el cuerpo estático estaba él y delante de sí, una
persona, por definirlo de alguna manera; puesto que conforme más se
lo observaba su figura se desdibujaba. Como cuando durante un sueño
uno intenta mirar a alguien y éste se distorsiona o como cuando nos
miramos largamente en un espejo y nuestra reflejo va tornándose
confusa. Exactamente de esa manera iba transmutando su aspecto aquel
ser. Que por cierto parecía que estuviera hablando una suerte de
lengua extraña a mi amigo y este último, cual autómata oyendo
sumiso el discurso. Intenté llamarlo porque, por todos los cielos,
el miedo me paralizaba. En mi mente quería salvarlo de esa
situación,pero un algo dentro de mí me decía a los gritos que eso
no estaba bien y fue mucho mayor el temor. El pobre estaba sufriendo
aquel encuentro. Pensamiento que halló la ferrea certeza de la
teoría comprobada al poco tiempo. Al verlo caer, inerte como un
bolsón de harina y el ser continuando su observación de manera
impasible.
Los
ecos de Viejas historias comenzaron a reverberar en mi mente dándome
la inequívoca certeza de lo que estábamos presenciando no discurría
por los cauces de la normalidad. Entrando pausadamente en un estado
de alerta sobre mi mente se desgajaba un muro de probabilidades de lo
más abyectas. Flashes inertes del absurdo iban haciéndome
languidecer y entrar en un estado de pesadumbre. Otra certeza anidaba
en las profundidades de mi conciencia. Un algo demasiado denso surgía
de la nube negra de macabros pensamientos. La fatalidad de lo
demasiado tarde.
Tomé
a mi sobrino de la mano, o quizás del brazo. Corrí como jamás pude
hacerlo arrastrando a mi pobre sobrino casi a los tumbos. Mi mente
jamás volvería a dar crédito de lo que la gente común denomina
como recuerdo normal. Cualquier certeza de aquí en más será vaga.
Los fragmentos de imágenes se armarían luego de buen tiempo de
internación, tratamientos, medicación y terapia. De nada sirve
enumerar pues como dije mis recuerdos son vagos. Era correr
abandonando el predio industrial. Internarse en un sotobosque. Una
densa noche entre los matorrales. Descansar para seguir corriendo.
Llegar a una ruta. Caer en la cuenta de que era la número nueve,
pero un fragmento antiguo de la misma. Un viejo cartel de un verde
descascarado y con impactos de balas de bajo calibre daba crédito de
ello. Caminar costeando la ruta en pleno silencio y observar de tanto
en tanto a mi sobrino que, con ojos como platos del susto caminaba
por mera mecánica.
Los
asuntos de jurisprudencia corrieron por parte de un abogado amigo.
Hubo denuncia de persona desaparecida. Se investigó con cierto
recelo. Fui tratado primero y luego juzgado duramente puesto que yo
era el principal sospechoso. Mi sobrino, único testigo logró salir
de su aislación post traumática después de un buen tiempo y al
prestar una declaración fidedigna que coincidía casi a la
perfección con la mía recién allí dejaron de acusarme quedándo
por fín absuelto. Aún así, sé que aún estoy bajo la lupa de la
ley. Siempre insistí y luche porque se esclarezca el caso pero como
si de manipulaciones se tratara todas mis peticiones y reclamos eran
encajonados o ignorados. Nadie daba crédito de lo que decíamos, y
por eso sigo insistiendo en la insustancialidad de mis recuerdos. Aún
teniendo una prueba férrea de la posición exacta de donde se
encontraba la fábrica vieja. Los vecinos más cercanos al lugar
ignoraban su existencia.
Digo
todo esto porque al poco tiempo recibí un mensaje multimedia. Con
todo el pavor que mi cuerpo pueda alojar logré discernir que
provenía desde el celular de mi amigo pero con creciente angustia
noto que no era un pedido de auxilio. Tampoco un "hola".
Nada que se le asemeje. Tan solo una simple imagen. Al descargarla
fui corriendo hacia las autoridades a darles la prueba. Me llevaron
con ellos pues la antedicha imagen no era otra cosa que una
fotocaptura que se logran con los Smartphones para enviar vía
mensaje la posición exacta de donde se encuentra uno mismo. Haciendo
caso omiso a las recomendaciones del psiquiatra y familiares, puesto
que por necesidad de mejoría debía yo mantenerme, al menos por buen
tiempo, alejado de las pesquisas policiales. Insistí hasta casi los
golpes para que me lleven con ellos. Llegamos en un coche patrulla
hasta el sitio donde apuntaba la locación del mapa. Mi mente todavía
no da crédito de lo que vi pues estaba totalmente seguro de que allí
era el lugar ya que, aquel camino, de destrozado pavimento, de
hierbas crecidas entre sus intersticios era exactamente el mismo.
Pero, la realidad no siempre se cocina con los mismos condimentos que
el recuerdo porque en lugar de encontrarnos con un predio industrial
abandonado tan solo había una interminable repetición de
alambrado,hectáreas y hectáreas de verdes llanuras hasta perderse
allá a lo lejos, en el horizonte.
Uno
de los oficiales alza el brazo. Haciendo gestos para que su compañero
se presente. Un tercer agente me contiene en el lugar puesto que,
como al parecer han encontrar algo, solamente personal autorizado
pude acceder al sitio. Comencé a llorar. La desesperación era
incontenible. Se reanudan las investigaciones señor, encontramos un
celular, presuntamente propiedad del desaparecido,seguro que con esto
el juez cambiará la carátula. La pantalla está encendida, en ella
abierto el GPS.
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