martes, 12 de mayo de 2015

En la niebla

... Veinte pasos al norte. La espesa bruma no da muestras de flaquear ante el incesante viento; este último se manifiesta límpido. Si quiera una partícula hallaría jamás montada en tan brioso vehículo...
... Allá frente a mí el enorme baúl de arcaica madera, ya petrificada. Su contenido, abstracto, nada más y nada menos que una tumultuosa suma de frases armadas que jamás serán dichas. Infinidad de expresiones nacidas del horror; el odio; el tedio; la envidia; lujuria; venganza...
... Las he descubierto pero... ¿Quién soy yo para pronunciarlas?.

miércoles, 1 de abril de 2015

GPS







  A veces las directrices de las circunstancias se dejan llevar por ambientes de lo más inhóspitos discurriendo por fin en resultados desopilantes. otras veces escabrosos o hasta terroríficos en demasía.
En los remotos despojos de una olvidada urbe. Allí, donde alguna vez el gentío y sus actividades cotidianas apenas borrosas huellas han quedado para dejar evidencia del paso del humano por aquellos parajes hoy desolados.
   Tal es así que una buena tarde quedamos a pié de la manera más literal. A mitad de camino de retorno y en plena ruta desierta. Desconocida por todo el grupo. Hubo que echar mano a los celulares para comunicar a la familia del infortunio y también para hacer uso de las modernas aplicaciones como el GPS. Pero no logramos mucho ya que, la recepción era prácticamente nula en el lugar donde caímos en suerte. Debimos volver como se dice con frecuencia "con el caballo cansado" con mi sobrino y un amigo que luego agradecí de sobremanera su compañía durante y después del viaje.
   Para poder llegar a destino de la manera más segura  y a pesar de la escasa señal que por aquellos parajes nuestros aparatos colectaban. Optamos por depositar nuestra confianza en el GPS del celular, ya que, como he referido con anterioridad ninguno de nosotros reconocía la zona. Jamás ninguno ha surcado estos senderos que por cierto muy olvidados por el hombre reflejaban estar. Tan solo los vestigios de lo que alguna vez fuera una calzada por entre los matorrales de abundante hierba asomaban y mostraban estos evidencia necesaria para determinar que allí hubo pavimento.
Atajos extraños nos llevaron con acierto a las entradas de lo que parecía una vieja fábrica abandonada. El edificio daba muestras de lo que es capaz el tiempo, el clima y sobre todas las cosas el humano. La aplicación en pantalla dejaba ver que, precisamente, era por allí donde teníamos que pasar. Supusimos que esto se debía a algún error de cartografía , pero aún así y movidos como casi todo humano por las fuerzas de la curiosidad decidimos meternos en aquel paraje, eramos dos adultos de veintiocho años y mi sobrino, un muchacho de 14 que también insistió para hacerlo. los adolescentes suelen tener esa carga extra, esa necesidad de extasiarse con un poco de adrenalina, cosa que, personas que ya peinan las tres décadas ya no lo necesitan tanto.
   Fuimos adentrándonos poco a poco. Aguzado el oído y estudiado un poco el terreno. Pasamos primero por lo que alguna vez fuera una portería ubicada sobre una calle de asfalto resquebrajado donde por cada uno de los intersticios cundía la mala hierba. Avanzamos esquivando todo tipo de objetos. En su mayoría chapas y vigas en avanzado estado de herrumbre. Pasando cerca de un gabinete con sus plásticos destruidos de lo que, al parecer en su buena época haya sido un equipo de radioaficionados que intenté patear en un primer momento pero, invadido por una suerte de respeto hacia la edad del objeto me privé de hacerlo. Frenando mi pié abruptamente a escasos centímetros de su objetivo.
   Ya cerca de uno de los edificios de concreto ingresamos por un gigantesco hoyo que, en la gran masa grisácea daba todo el aspecto de ser un gigantesco cíclope despierto a medias. los tenues destellos crepusculares que lograban colarse por entre aberturas y tragaluces brindaban la iluminación necesaria, dejándonos ver conforme avanzábamos sendas paredes empapeladas con anuncios en su mayoría de cine. Los había de publicidades de jabón y también de restaurantes de comida rápida entre otras cosas. Había también varios carteles de hierro, de marco color verde de los que abundan en la Gran Ciudad y que se usan para publicitar pero sin sus postes y amurados en las paredes como si fueran cuadros dando un toque pintoresco a tan proverbial abandono.
La charla que para ese entonces era prácticamente errática se volcó hacia el lado de las películas. Cuál era mejor; qué actores destacaban o mejor interpretaban su papel. Si comedia, acción o drama; los artistas y sus vidas fuera del set y tonterías por el estilo. Así transcurrió buena parte del trayecto. Con animosa plática pero a medida que adelantábamos el paso iban cambiando algunos detalles del empapelado que iban cautivando nuestro interés de una manera cada vez más escalofriante. Vimos luego varios collages de afiches. Personas construidas con pedazos de otras en papel, piezas muy prolijamente dispuestas daban la sospecha de que se trataba del refugio de algún artista plástico del under, o de algún grupo de artistas y estas galerías misteriosas que recorríamos. Sus talleres de trabajo. Algunos metros más adelante la cosa se tornó más surreal y aberrante a su vez. Ya nos encontramos con pinturas sobre lienzo que se salían de lo común. De lo que algún surrealista pueda plasmar. Bajorrelieves en el revoque de las paredes. Esculturas de papel maché, yeso y arcilla cuyas formas aún hoy me resultan difíciles de describir en palabras y que, si el motivo de su creación no ha sido otro que el de generar turbación y desasosiego, cumplían muy bien con su propósito. Logramos ver entre un recodo de penumbras el cuadro de un prócer con la cara pálida de maquillaje y ojos ahuecados. Seré franco al decir que, describirlo en simples palabras no alcanza para retratar la obra que, si bien para algunos podría tratarse de una obra "freak" o hasta humorística inclusive. El solo hecho de haber estado presenciando aquel fresco hacía a uno ponerle la piel de gallina. Había detalles que desnudaban las fibras de lo más profundo del miedo pues el fino labor de los pinceles hacía parecer que fuera tridimensional o incluso real. Lamentablemente no fue aquello lo más abrumador de nuestra aventura.
   Seguimos el trayecto con cierto apremio; más por deshacer la turbación que por el simple hecho de continuar. Quedamos en silencio a la expectativa de posibles opiniones de los demás o la espera de cualquiera de los presentes emita un comentario que nos salve a todos de la inquietud. Tendí mi mano sobre el hombro de mi sobrino y le revolví un poco el cabello consiguiendo que sonriera aunque por dentro nuestro permanecía la certidumbre de que un algo más grandioso que los simples chascarrillos iba hilvanándose y el cuentagotas del tiempo sobre nuestros hombros cerniéndonos ya de oscuridad.
  A los pocos metros del prócer se erigía una cámara. Un recinto aún más extraño ya que tanto su estructura como su contenido en sí, nada tenían que ver con la fachada industrial en la entrada. Las luces de los dispositivos nos dejaban ver bibliotecas atestadas de vetustos volúmenes. Mesas con pilas de libros antiguos de lomos de cuero reseco por el tiempo. El aroma a papel de antaño que estos emanaban era intensísimo. Varias estanterías con frascos cuyos contenidos variaban de líquidos y polvos de colores vivos y oscuros eran algunas de las nuevas cosas que descubrimos. Tenía todo el aspecto de ser un laboratorio de alquimia traído de los pelos desde la alta edad media y depositado allí en el melancólico rincón de una vieja fábrica abandonada. Paseamos un poco presas de la sorpresa inesperada que resultó ser este hallazgo y otro tanto de lo interesante que suponía pues, no eran cosas que uno pueda encontrarse muy seguido por la vida. Me atreví a husmear los libracos pero desafortunadamente, solo los que logré abrir sin que sus hojas se conviertan en polvillo estaban escritos a pulso y en un lenguaje que pude determinar con mi escaso conocimiento trataba de latín. Había uno particularmente gigantesco sobre una mesa. El más grande que he visto en mi vida. De lomo blanco amarillento, con detalles en cada una de las esquinas de la tapa de un metal que parecia ser bronce oscurecido y una especie de tirador en el medio del mismo material que me recordaba mucho una puerta antiquísima. Algo de este ejemplar me abrumaba lo necesario para mantenerme a una distancia prudencial. Luego con mi amigo optamos en silencioso acuerdo, determinar el contenido de algunos frascos. Algo nos hacía suponer que pocos peligros deparaban hacerlo ya que al tratarse de frascos tan viejos los compuestos o elementos en su interior ya debían estar oxidados, reducidos o vencidos llegado el caso, si de fármacos tratase. Tomé un pote color caramelo de aproximadamente un kilo. En su interior una pasta blanca, lo que parecía ser yeso, cautelosamente tomamos una espátula delgada que empleamos para remover un poco el yeso y debajo del mismo un material metálico que se opacaba en un destello. Recordé las clases de química en el laboratorio. El magnesio se comportaba igual. Dicho elemento, en su estado puro debe estar protegido de la intemperie ya que se oxida rápidamente. Tomamos un poco y lo arrojamos sobre un charco de agua en el suelo. La violenta reacción que produjo confirmó nuestras sospechas. Dejamos el frasco en su lugar y a cambio tomamos uno que ya bajo las tenues luces de los celulares reflejaba un color anaranjado, al retirar la tapa su contenido comenzó a emerger con tanta violencia que por mero acto reflejo solté el recipiente para evitar que la desconocida sustancia entre en contacto con mi piel. Al caer y hacerse añicos dimos un respingo los tres. Se encendió una luz fluorescente lo que agregó varias capas de espesor a la angustia ya rezumada. Cual ratas de laboratorio quedamos espectantes, notamos que mi sobrino estaba cerca de la pared y en ella había una tecla de encendido lo cual no le restó misterio a lo que estábamos experimentando. Puesto que dábamos el predio todo por abandonado desde hacía décadas y el hecho de que allí haya fluido eléctrico abría un abanico de posibilidades muy diferentes.
 El silogismo fue casi automático; había luz, la luz es un servicio pago, alguien debía pagar los impuestos ya que a alguien debía serle de utilidad tener dicho servicio allí. Entonces sopesamos la posibilidad de la existencia de algún guardia o sereno en las inmediaciones. Nos tranquilizó un poco el hecho de que el mapa del GPS nos guió hacia ese lugar. Aunque no fuera del todo convincente era una barandilla argumental de la cual sujetarse en el supuesto caso que nos topáramos con algún elemento de seguridad y debiéramos presentar excusas prudentemente acerca del porqué de nuestra presencia en el lugar. Por otra parte, el hecho de que luego de la caída del frasco no hubiera otro ruido que el de las constantes goteras en la cercanía hizo que el pánico fuera disminuyendo. Además  ahora teníamos la luz para examinar mejor los hallazgos por lo que seguimos hurgando, leyendo, observando las distintas cosas.
Mis ojos maravillados fueron acariciando la multitud de libros. Un extraño brillo a una altura determinada cautivó mi atención. Era un reflejo cristalino que provenía desde una de las bibliotecas centrales. Precisamente desde el lomo de un libro en particular. Uno color ladrillo que al acercarme para examinarlo con detenimiento mi cerebro no demoró mucho en dilucidar. Era algo obvio. Algo ya común en algunos ámbitos pero totalmente inesperado allí. Una lente de un cámara de seguridad. Dentro, un obturador activo y un zoom se regulaba. Mi corazón dio un vuelco rotundo y no pude más que alertar a los demás mediante gestos rudimentarios. Lo que para mi era alarmante para ellos parecía no ser lo suficiente hasta que fuimos arrancados de ese inexplicable trance de confusión por un estridente ruido a puerta metálica o escotilla pesada que vino desde detrás de las bibliotecas embutidas en las mohosas paredes del tugurio.
 Correr como nunca. Sortear obstáculos casi sin mirar atrás en consonancia con desenfrenados respiros de desesperación fue la respuesta más adulta que pudimos dar ante la situación. Transcurrido cincuentena metros de carrera mi sobrino y yo nos dimos cuenta de que mi amigo ya no estaba, varios metros detrás nuestro parado de espaldas a nosotros. Con el cuerpo estático estaba él y delante de sí, una persona, por definirlo de alguna manera; puesto que conforme más se lo observaba su figura se desdibujaba. Como cuando durante un sueño uno intenta mirar a alguien y éste se distorsiona o como cuando nos miramos largamente en un espejo y nuestra reflejo va tornándose confusa. Exactamente de esa manera iba transmutando su aspecto aquel ser. Que por cierto parecía que estuviera hablando una suerte de lengua extraña a mi amigo y este último, cual autómata oyendo sumiso el discurso. Intenté llamarlo porque, por todos los cielos, el miedo me paralizaba. En mi mente quería salvarlo de esa situación,pero un algo dentro de mí me decía a los gritos que eso no estaba bien y fue mucho mayor el temor. El pobre estaba sufriendo aquel encuentro. Pensamiento que halló la ferrea certeza de la teoría comprobada al poco tiempo. Al verlo caer, inerte como un bolsón de harina y el ser continuando su observación de manera impasible.
  Los ecos de Viejas historias comenzaron a reverberar en mi mente dándome la inequívoca certeza de lo que estábamos presenciando no discurría por los cauces de la normalidad. Entrando pausadamente en un estado de alerta sobre mi mente se desgajaba un muro de probabilidades de lo más abyectas. Flashes inertes del absurdo iban haciéndome languidecer y entrar en un estado de pesadumbre. Otra certeza anidaba en las profundidades de mi conciencia. Un algo demasiado denso surgía de la nube negra de macabros pensamientos. La fatalidad de lo demasiado tarde.
Tomé a mi sobrino de la mano, o quizás del brazo. Corrí como jamás pude hacerlo arrastrando a mi pobre sobrino casi a los tumbos. Mi mente jamás volvería a dar crédito de lo que la gente común denomina como recuerdo normal. Cualquier certeza de aquí en más será vaga. Los fragmentos de imágenes se armarían luego de buen tiempo de internación, tratamientos, medicación y terapia. De nada sirve enumerar pues como dije mis recuerdos son vagos. Era correr abandonando el predio industrial. Internarse en un sotobosque. Una densa noche entre los matorrales. Descansar para seguir corriendo. Llegar a una ruta. Caer en la cuenta de que era la número nueve, pero un fragmento antiguo de la misma. Un viejo cartel de un verde descascarado y con impactos de balas de bajo calibre daba crédito de ello. Caminar costeando la ruta en pleno silencio y observar de tanto en tanto a mi sobrino que, con ojos como platos del susto caminaba por mera mecánica. 
 
  Los asuntos de jurisprudencia corrieron por parte de un abogado amigo. Hubo denuncia de persona desaparecida. Se investigó con cierto recelo. Fui tratado primero y luego juzgado duramente puesto que yo era el principal sospechoso. Mi sobrino, único testigo logró salir de su aislación post traumática después de un buen tiempo y al prestar una declaración fidedigna que coincidía casi a la perfección con la mía recién allí dejaron de acusarme quedándo por fín absuelto. Aún así, sé que aún estoy bajo la lupa de la ley. Siempre insistí y luche porque se esclarezca el caso pero como si de manipulaciones se tratara todas mis peticiones y reclamos eran encajonados o ignorados. Nadie daba crédito de lo que decíamos, y por eso sigo insistiendo en la insustancialidad de mis recuerdos. Aún teniendo una prueba férrea de la posición exacta de donde se encontraba la fábrica vieja. Los vecinos más cercanos al lugar ignoraban su existencia.
  Digo todo esto porque al poco tiempo recibí un mensaje multimedia. Con todo el pavor que mi cuerpo pueda alojar logré discernir que provenía desde el celular de mi amigo pero con creciente angustia noto que no era un pedido de auxilio. Tampoco un "hola". Nada que se le asemeje. Tan solo una simple imagen. Al descargarla fui corriendo hacia las autoridades a darles la prueba. Me llevaron con ellos pues la antedicha imagen no era otra cosa que una fotocaptura que se logran con los Smartphones para enviar vía mensaje la posición exacta de donde se encuentra uno mismo. Haciendo caso omiso a las recomendaciones del psiquiatra y familiares, puesto que por necesidad de mejoría debía yo mantenerme, al menos por buen tiempo, alejado de las pesquisas policiales. Insistí hasta casi los golpes para que me lleven con ellos. Llegamos en un coche patrulla hasta el sitio donde apuntaba la locación del mapa. Mi mente todavía no da crédito de lo que vi pues estaba totalmente seguro de que allí era el lugar ya que, aquel camino, de destrozado pavimento, de hierbas crecidas entre sus intersticios era exactamente el mismo. Pero, la realidad no siempre se cocina con los mismos condimentos que el recuerdo porque en lugar de encontrarnos con un predio industrial abandonado tan solo había una interminable repetición de alambrado,hectáreas y hectáreas de verdes llanuras hasta perderse allá a lo lejos, en el horizonte.
Uno de los oficiales alza el brazo. Haciendo gestos para que su compañero se presente. Un tercer agente me contiene en el lugar puesto que, como al parecer han encontrar algo, solamente personal autorizado pude acceder al sitio. Comencé a llorar. La desesperación era incontenible. Se reanudan las investigaciones señor, encontramos un celular, presuntamente propiedad del desaparecido,seguro que con esto el juez cambiará la carátula. La pantalla está encendida, en ella abierto el GPS.

                                                      

martes, 24 de marzo de 2015

Urbano


Urbano abrazó a todos al partir. Tenía esa incertidumbre, esa duda que le daba la impresión que sería largo el viaje o que quizás jamás regresaría. Sin embargo, también tenía la férrea convicción de que su propósito debía cumplirse puesto que deseaba con toda la fuerza de su ser emprender ese viaje. Lo llevaba escrito en su sangre.
  Revisó si sus equipos estaban conectados correctamente. También revisó si nada olvidaba y se sentó. Se colocó su casco y ante el visto bueno de los operadores de la cabina de control partió en la cosmonave hacia confines inciertos donde nadie jamás haya puesto siquiera un pensamiento.
  El tiempo pasó. Cumpleaños casamientos decesos y nacimientos pasaron con el también. Pero Urbano jamás regresaría. Algunos ancianos seniles dicen que escribió su testamento en placas de irídio momentos antes de impactar contra un asteroide. Otros aseguran que terminó sus días en las fauces de un feroz agujero negro. Otros aún más audaces o más disparatados dicen que encontró un portal hacia otra dimensión donde conoció otro universo. Otras formas de vida. Otras culturas.
La gente fue olvidando. La fecha de partida. Las condiciones climáticas de aquel día. Lugar del acontecimiento. El viaje. Incluso a Urbano. Los periódicos que albergaban en cierta forma datos puntuales acerca de su viaje fueron amarilleándose, quemándose o sirviendo de alimento para los microorganismos. Las fotografías perdieron su color, o confundiéndose con imágenes de otros eventos. Nuevas personas iban poblando aquellos parajes donde hubo alguna vez una plataforma de despegue.
No lo sé.Anida en mi pecho la esperanza de que algún día regrese con novedades. Vistiendo ropas extrañas. Enseñando a los niños juegos nuevos. Mostrándonos costumbres extravagantes y tantas otras cosas que pudo haber cosechado en sus aventuras. Lo cierto es que si al menos uno es capaz de recordarlo sus hazañas no habrán sido vanas. Yo recuerdo a Urbano y sé que él está, existe y es uno más con el sol.

domingo, 22 de marzo de 2015

bajo el agua

                                  

Parece que fuera hoy donde estoy... lugar de tiempos modernos, tablets, pendrives, crisis económicas, modas alarmistas, ideas conspiranóicas... pero no, y no es vaga mi certeza. Sé muy bien que esto es apenas un instante de imaginación, un chispazo fugaz de lo que será. En realidad todavía estoy sumergido en la pileta del club, los chicos afuera, secándose. Una mágica tarde de verano y yo sigo sumergido y de mi boca sale una burbuja ovalada, lenta bocanada...despaciosamente sube tan azul, tan plateada, tan verde como el instante en que me detengo a observarla, o quizás sea ella la que me mira mientras se marcha. Despidiéndose de mí... mostrándome nostalgias de algo aún no acontecido, mostrándome los cielos, los soles, los grises, las computadoras, distancias, zapatillas, tablets, pendrives, un beso enredado en sedosos cabellos, beso que no fue... en una tarde mágica de verano.

Una tarde cualquiera...

   

Salgo bastante agotado de un ardua jornada de trabajo en la oficina. Esto es muy cierto aunque parezca absurdo ante los ojos de la peonada. Si bien ellos padecen el agotamiento físico por la inacabable lista de posibles trabajos manuales. Los que trabajamos en oficinas comerciales también padecemos cansancio. Debemos tolerar el hostigamiento de patrones inclaudicables y hasta soportar sus manipulaciones más abyectas haciéndonos sacrificar horas de nuestro descanso con el fín de adelantar trabajo: Rédito que lejos estará luego de nuestro alcance. Esto me recuerda una curiosa tarde. Donde salí varias horas después de mi horario de salida habitual. Hecho que, por lo general me molesta de sobremanera pero en aquella ocasión, quizás, hasta valió la pena.
      No sé porqué curiosa razón al salir del trabajo, como de costumbre, no paré aquella vez en el café "Los Angelitos". La tarde era ideal. Asomaba en el horizonte un crepúsculo de fotografía. Combinación de carmesí, naranja y amarillo en degrades asombrosa, soñada por las paletas de los artistas más habilidosos. Quizás se debiera a eso y el henchir profundo de mis pulmones. Como si con ello pudiera recoger siquiera con el aliento una pequeña muestra de tanta hermosura lo que me llevó a cruzar la calle principal e ir hasta un banco de  la plaza. Simplemente a sentarme.
A pesar de que el sol ya dormitaba podía apreciarse buen movimiento, varias  parejas en sus burbujas amorosas, los niños correteando ya cansados, adolescentes en skates, un hermoso grupo canturreaba al son de guitarras y panderetas; ¿como resistirme a tanto espectáculo magnífico?. La armonía del lugar era casi palpable y eso era suficiente para quedarme sentado disfrutando.
 La paz del lugar me llevó de paseo por viejos recuerdos de mi juventud, hacia confines conocidos pero distantes en el tiempo, dándome la vaga certeza  de lo absurdo, si bien no hace tanto de algunos eventos que recuerdo con dulzura, quedaban de igual forma atrás en el tiempo, que, inexorable en la ecuación resulta no difícil, sino imposible de despejar y deja su impronta indeleble, haciéndonos saber  que aquellas circunstancias jamás volverán a repetirse.No pude evitar entre tanta nostalgia, exalar cierto aire de melancolía.
Me quedé unos instantes contemplando las hojas y las flores de los árboles, como sus vivos colores iban apagándose paulatinamente. Un cambio en el sentido de la brisa trajo melodías hasta mí, creí en ella reconocer una canción que tarareé y silbé; un abrupto carraspeo interrumpió mi soliloquio socavando mi abstracción. Al voltear pude ver un personaje sentado a mi lado, que por postura y ademanes daba el aspecto de llevar largo rato allí; me atrevería a afirmar que incluso desde antes que yo fuera a sentarme a ese lugar; pensar en ello me generó cierta vergüenza, no pude ocultar dicha sensación puesto que a la brevedad sentí el calor de mis pómulos ruborizados, y al fin noté una pequeña sonrisa  en el individuo que confirmaba la evidencia de mi estado. Esbocé mi mejor sonrisa de idiota y dije un seco ¡Hola! a lo que el sujeto me contestó- ¡ Te entiendo, no te hagas problemas! como si supiera exactamente lo que me sucedía.
Le pregunté como se llamaba, me miró sonriente y dijo -  cuando tenía tu edad me dedicaba a escribir, pero lo hacía bajo un seudónimo que era Juan Manuel Tristán, era muy famoso, seguramente recordarás alguna de mis obras. hice entonces un ligero repaso de autores locales, regionales, provinciales y nacionales, nada encontré en mis archivos mentales. Lo lamento no lo recuerdo pero ¿como.. no llegué  a formular mi pregunta que me contestó- Mi verdadero nombre no tiene importancia. Bueno entonces... continué diciendo yo pero volvió a interrumpirme- Tampoco me interesa saber tu nombre ¿Acaso es necesario reparar en semejantes tonterías?. Fue entonces que decidí quedarme callado, temiendo que ante mi insistencia este famoso escritor desconocido (al menos por mí) se escandalice y me conduzca hacia alguna situación bochornosa.
Mientras mantenía un prudente silencio hice un rápido análisis del sujeto. En el caso de que este hombre fuera un escritor, éste no vestía como tal, al menos no obedecía a mis impresiones mentales que daban la pauta de ello, a saber, usar saco,o gabán, camisa, bien acicalado. Quizás estaba pretendiendo demasiado al pensar en autores de best sellers yankis, cada quien se viste como quiere ¿no?. Pero ciertamente este hombre  me recordaba más a Diógenes el linyera que a Sábato y si digo esto es por tener un fundamento fehaciente.Llevaba puesto un traje raído color café que le quedaba justo, un mugriento pullover de lana debajo, los pantalones oscuros hacían juego con el resto del atuendo, los zapatos que, agujereados dejaban ver unos dedos sucios que se escapaban por los restos de una media.
Me sentí invadido por una ola de repulsión que iba paulatinamente en crescendo, llegué a suspirar varias veces del disgusto. El hombre estaba completamente abstraído en sus asuntos. En eso, veo que levantó el brazo como estirándolo, pude notar luego que de entre sus ropas había extraído una aguja e hilo, parece que iba a coser algo, pero de entre tantos agujeros posibles pude ver que se demoró entre algunos grandes de la botamanga.Tenía ganas de retirarme hacia el café y dar por terminado el encuentro pero un algo me retuvo por lo que continué observándolo. Estiró otra vez la mano pero en esta ocasión hacia un claro entre los árboles por donde se colaba  la luz crepuscular en tonos bronce y rojizo; luego con el índice y pulgar hizo ademán de pellizcar, y vea si lo hizo porque literalmente arrancó un pequeño trozo de cielo, quedándose con un pequeño retazo color cobre que apoyó en la falda de su otra pierna. Astuto yo, en seguida pude darme cuenta de que era un prestidigitador con talento pero que no ha tenido suerte en la vida, o bien tuvo un golpe bajo y quedó desamparado. Esperé a que levantara la vista o que tendiera su gorro o la mano para que echara yo en ella unas monedas pero nada de esto sucedió; él en cambio, continuó absorto en su quehacer, con el retazo cobrizo empezó a emparcharse el pantalón con presteza. Deduje entonces que lo que había presenciado  no fue un truco sino una mala jugada de mi imaginario, el agotamiento de la jornada estaba pasándome factura haciendo mella en mi psique. Resolví entonces abstraerme nuevamente en lo que estaba pensando anteriormente, dándome el lujo de premiarme con pedazos andrajosos de viejos y no tan viejos recuerdos. Al poco tiempo me sentí apremiado por una suave angustia, me sentía un poco tonto al divagar tanto en el pasado, como si mi vida fuera a extinguirse pronto y aquello fuera el único elixir que de esa desgracia sus dolores pueda aplacar.
Comencé a preguntarme ¿porqué? ¿Porqué quedarme con el consuelo de algunos fragmentos de felicidades pasadas? ¿Porqué no generar nuevas experiencias?. Pude sentir luego de reflexionar un rato que de alguna manera lograba recobrar mis fuerzas; volví mi mirada hacia mi compañero, lucía contento; en su rostro una sonrisa iluminaba la calma crepuscular. No quise interrumpirlo y si  bien me daba la impresión de no estar bien de la cabeza había cierta paz que inspiraba que me daba mucha pena corromper con banalidades, y mientras más me silenciaba en mi interior más me inundaba ese sentimiento de calma profunda. Como el agua cristalina de un estanque cuya calma en la superficie refleja exactamente a la luna y las estrellas en lo alto de la cúpula celeste, hasta el punto de confundirse uno con otro. Cerré los ojos embriagado de dicha, perdí la noción del tiempo, pues sintiéndose uno así que importa el tiempo. El único lugar donde quería yo estar era allí, y precisamente allí me encontraba.
Me quedé de esa forma largo rato, quería perpetuar ese estado de placidez que me llenaba de felicidad. Al poco rato el presunto escritor se levanta sacudiéndose el polvo de las ropas. Me miró y me dijo ¡Nunca es tarde! me tendió la mano para despedirse. Mantenía una mirada cándida y  serena. En mi mente sopesaba la idea de que este sujeto algo ha tenido que ver con mi renovación de ánimos. Le di la mano sonriendo, totalmente agradecido, si tuvo o no que ver no podría asegurarlo.
Nos quedamos mirándonos un instante, el necesario para que me devolviera una noble sonrisa, sus ojos refulgían con una lucidez extrema, dio media vuelta y se marchó silbando extrañas melodías con dulzura.
Lo observé marcharse, en pocos minutos llegó hasta el  final de la plaza, cruzó la calle sin mirar y con el semáforo en verde se abrió paso entre el tráfico fluido, imperturbable su andar. Vi o mejor dicho creí ver que atravesaba literalmente un colectivo pero esto no me turbó en lo más mínimo; estaba en paz conmigo mismo y eso era lo que atesoraba; además la mente de uno cuando trabaja demasiado no suele funcionar de la mejor manera y por ello a veces nos juega malas pasadas.