La
estela de polvo resistía a marcharse del todo cuando el motor se
detuvo. Bajó del coche expectante, echándole largas miradas en
derredor a las obras edilicias que desde donde estaba alcanzaba a
ver. Su frente no demoró en perlarse debido al picante brillo de un
sol de mediodía. Sin brisas. Hurgando en el interior de sus
bolsillos.
Charline.
La almacenera, parada en la entrada del local con sus brazos en jarra
todo observaba. Contrastes tiranos entre un claro vestido floreado y
una piel caoba brillante podían verse a la distancia. Un rostro
inmutable cual máscara. Ojos oscuros como oquedades cada vez más
penetrantes. El individuo de nada de esto se percata. Cualquiera
pensaría que ella lo acecha a plena luz.
Volver
al barrio después de tanto. Aunque se haya dejado caer por allí
causa del descuido. Algunas calles cambiadas. Pero la calle de tierra
y el almacén siguen iguales. Como un extracto del pasado aún
intacto. Cada imagen presente llevaba un subjetivo mensaje " lo
guardamos así...esperándote".
Cruza
la calle pensativo. Pateando algún cascote. Enjugándose la frente. Levantó la vista descubriendo con abrumadora sorpresa el rostro de
la almacenera que lo venía acompañando con esos ojos. Esas profundidades hablaban de rencor. De
desprecio absoluto. No demoró en sentirse miserable de forma
gratuita.- Que le hice? Pensó. Mientras escupía un tenue "hola"
que se oyó más a suspiro que otra cosa.
La
mujer apenas se movió para dejarlo pasar. Sosteniendo una mirada que
se profundizaba cada vez más. Él recibió dos sorpresas al entrar.
La primera fue que logró hallar la lista de compras. La segunda.
Nada que comprar había allí pues, se vio encerrado entre cuatro
paredes totalmente ciegas. Desesperación en crescendo. El miedo
escurría por su médula haciéndolo sudar. Ahora de puro y auténtico
pánico. -y la luz de dónde sale? Susurró contrariado. Con sus
manos buscaba una abertura, alguna muesca, un picaporte.
Absolutamente nada en ninguna superficie. Se encontró, de súbito, encerrado en un lugar totalmente diferente y sin ninguna clase de aberturas pero con una extraña iridiscencia presente que no ayudaba mucho.
Comienza
a gritar. Arrancando de sí un llanto inconsolable que, poco a poco
va dando origen un sentimiento de rabia aún más potente. Al virar
hacia el centro de la habitación descubre que justo al medio hay un
armario de finas maderas color nogal. Fue un clic interno entre el
anegamiento de sus lágrimas y el morder con fuerza un recuerdo de
ojos oscuros. Ojos de desprecio. Donde se encendió, iracundo,
enardecido con aquel mueble. Golpeándolo salvajemente con sus puños
apretados. Pudo sentir placer al fin. Una sensación cuasi orgásmica
entre tanto desenfreno. Tantos gruñidos guturales ya infrahumanos.
Golpeando. Rompiendo. Desgajando pedazos de madera sangrante.
Desquitándose con el mueble o, tal vez golpeando el recuerdo atávico
de unos ojos negros que alguna vez lo observaron con desprecio.
Gruñidos de placentera alegría babeante. Jadeando hasta
desvanecerse.