Salgo
bastante agotado de un ardua jornada de trabajo en la oficina. Esto es
muy cierto aunque parezca absurdo ante los ojos de la peonada. Si bien
ellos padecen el agotamiento físico por la inacabable lista de posibles
trabajos manuales. Los que trabajamos en oficinas comerciales también
padecemos cansancio. Debemos tolerar el hostigamiento de patrones
inclaudicables y hasta soportar sus manipulaciones más abyectas
haciéndonos sacrificar horas de nuestro descanso con el fín de adelantar
trabajo: Rédito que lejos estará luego de nuestro alcance. Esto me
recuerda una curiosa tarde. Donde salí varias horas después de mi
horario de salida habitual. Hecho que, por lo general me molesta de
sobremanera pero en aquella ocasión, quizás, hasta valió la pena.
No sé porqué curiosa razón al salir del trabajo, como de costumbre,
no paré aquella vez en el café "Los Angelitos". La tarde era ideal. Asomaba en el horizonte un crepúsculo de fotografía. Combinación de
carmesí, naranja y amarillo en degrades asombrosa, soñada por las
paletas de los artistas más habilidosos. Quizás se debiera a eso y el
henchir profundo de mis pulmones. Como si con ello pudiera recoger
siquiera con el aliento una pequeña muestra de tanta hermosura lo que me
llevó a cruzar la calle principal e ir hasta un banco de la plaza. Simplemente a sentarme.
A
pesar de que el sol ya dormitaba podía apreciarse buen movimiento,
varias parejas en sus burbujas amorosas, los niños correteando ya
cansados, adolescentes en skates, un hermoso grupo canturreaba al son de
guitarras y panderetas; ¿como resistirme a tanto espectáculo
magnífico?. La armonía del lugar era casi palpable y eso era suficiente
para quedarme sentado disfrutando.
La paz del lugar me llevó de
paseo por viejos recuerdos de mi juventud, hacia confines conocidos pero
distantes en el tiempo, dándome la vaga certeza de lo absurdo, si bien
no hace tanto de algunos eventos que recuerdo con dulzura, quedaban de
igual forma atrás en el tiempo, que, inexorable en la ecuación resulta
no difícil, sino imposible de despejar y deja su impronta indeleble,
haciéndonos saber que aquellas circunstancias jamás volverán a
repetirse.No pude evitar entre tanta nostalgia, exalar cierto aire de
melancolía.
Me quedé unos instantes contemplando las hojas y las
flores de los árboles, como sus vivos colores iban apagándose
paulatinamente. Un cambio en el sentido de la brisa trajo melodías hasta
mí, creí en ella reconocer una canción que tarareé y silbé; un abrupto
carraspeo interrumpió mi soliloquio socavando mi abstracción. Al voltear
pude ver un personaje sentado a mi lado, que por postura y ademanes
daba el aspecto de llevar largo rato allí; me atrevería a afirmar que
incluso desde antes que yo fuera a sentarme a ese lugar; pensar en ello
me generó cierta vergüenza, no pude ocultar dicha sensación puesto que a
la brevedad sentí el calor de mis pómulos ruborizados, y al fin noté
una pequeña sonrisa en el individuo que confirmaba la evidencia de mi
estado. Esbocé mi mejor sonrisa de idiota y dije un seco ¡Hola! a lo que
el sujeto me contestó- ¡ Te entiendo, no te hagas problemas! como si
supiera exactamente lo que me sucedía.
Le pregunté como se
llamaba, me miró sonriente y dijo - cuando tenía tu edad me dedicaba a
escribir, pero lo hacía bajo un seudónimo que era Juan Manuel Tristán,
era muy famoso, seguramente recordarás alguna de mis obras. hice
entonces un ligero repaso de autores locales, regionales, provinciales y
nacionales, nada encontré en mis archivos mentales. Lo lamento no lo
recuerdo pero ¿como.. no llegué a formular mi pregunta que me contestó-
Mi verdadero nombre no tiene importancia. Bueno entonces... continué
diciendo yo pero volvió a interrumpirme- Tampoco me interesa saber tu
nombre ¿Acaso es necesario reparar en semejantes tonterías?. Fue
entonces que decidí quedarme callado, temiendo que ante mi insistencia
este famoso escritor desconocido (al menos por mí) se escandalice y me
conduzca hacia alguna situación bochornosa.
Mientras mantenía un
prudente silencio hice un rápido análisis del sujeto. En el caso de que
este hombre fuera un escritor, éste no vestía como tal, al menos no
obedecía a mis impresiones mentales que daban la pauta de ello, a saber,
usar saco,o gabán, camisa, bien acicalado. Quizás estaba pretendiendo
demasiado al pensar en autores de best sellers yankis, cada quien se
viste como quiere ¿no?. Pero ciertamente este hombre me recordaba más a
Diógenes el linyera que a Sábato y si digo esto es por tener un
fundamento fehaciente.Llevaba puesto un traje raído color café que le
quedaba justo, un mugriento pullover de lana debajo, los pantalones
oscuros hacían juego con el resto del atuendo, los zapatos que,
agujereados dejaban ver unos dedos sucios que se escapaban por los
restos de una media.
Me sentí invadido por una ola de repulsión
que iba paulatinamente en crescendo, llegué a suspirar varias veces del
disgusto. El hombre estaba completamente abstraído en sus asuntos. En
eso, veo que levantó el brazo como estirándolo, pude notar luego que de
entre sus ropas había extraído una aguja e hilo, parece que iba a coser
algo, pero de entre tantos agujeros posibles pude ver que se demoró
entre algunos grandes de la botamanga.Tenía ganas de retirarme hacia el
café y dar por terminado el encuentro pero un algo me retuvo por lo que
continué observándolo. Estiró otra vez la mano pero en esta ocasión
hacia un claro entre los árboles por donde se colaba la luz crepuscular
en tonos bronce y rojizo; luego con el índice y pulgar hizo ademán de
pellizcar, y vea si lo hizo porque literalmente arrancó un pequeño trozo
de cielo, quedándose con un pequeño retazo color cobre que apoyó en la
falda de su otra pierna. Astuto yo, en seguida pude darme cuenta de que
era un prestidigitador con talento pero que no ha tenido suerte en la
vida, o bien tuvo un golpe bajo y quedó desamparado. Esperé a que
levantara la vista o que tendiera su gorro o la mano para que echara yo
en ella unas monedas pero nada de esto sucedió; él en cambio, continuó
absorto en su quehacer, con el retazo cobrizo empezó a emparcharse el
pantalón con presteza. Deduje entonces que lo que había presenciado no
fue un truco sino una mala jugada de mi imaginario, el agotamiento de la
jornada estaba pasándome factura haciendo mella en mi psique. Resolví
entonces abstraerme nuevamente en lo que estaba pensando anteriormente,
dándome el lujo de premiarme con pedazos andrajosos de viejos y no tan
viejos recuerdos. Al poco tiempo me sentí apremiado por una suave
angustia, me sentía un poco tonto al divagar tanto en el pasado, como si
mi vida fuera a extinguirse pronto y aquello fuera el único elixir que
de esa desgracia sus dolores pueda aplacar.
Comencé a preguntarme
¿porqué? ¿Porqué quedarme con el consuelo de algunos fragmentos de
felicidades pasadas? ¿Porqué no generar nuevas experiencias?. Pude
sentir luego de reflexionar un rato que de alguna manera lograba
recobrar mis fuerzas; volví mi mirada hacia mi compañero, lucía
contento; en su rostro una sonrisa iluminaba la calma crepuscular. No
quise interrumpirlo y si bien me daba la impresión de no estar bien de
la cabeza había cierta paz que inspiraba que me daba mucha pena
corromper con banalidades, y mientras más me silenciaba en mi interior
más me inundaba ese sentimiento de calma profunda. Como el agua
cristalina de un estanque cuya calma en la superficie refleja
exactamente a la luna y las estrellas en lo alto de la cúpula celeste,
hasta el punto de confundirse uno con otro. Cerré los ojos embriagado de
dicha, perdí la noción del tiempo, pues sintiéndose uno así que importa
el tiempo. El único lugar donde quería yo estar era allí, y
precisamente allí me encontraba.
Me quedé de esa forma largo rato,
quería perpetuar ese estado de placidez que me llenaba de felicidad. Al
poco rato el presunto escritor se levanta sacudiéndose el polvo de las
ropas. Me miró y me dijo ¡Nunca es tarde! me tendió la mano para
despedirse. Mantenía una mirada cándida y serena. En mi mente sopesaba
la idea de que este sujeto algo ha tenido que ver con mi renovación de
ánimos. Le di la mano sonriendo, totalmente agradecido, si tuvo o no que
ver no podría asegurarlo.
Nos quedamos mirándonos un instante, el
necesario para que me devolviera una noble sonrisa, sus ojos refulgían
con una lucidez extrema, dio media vuelta y se marchó silbando extrañas
melodías con dulzura.
Lo observé marcharse, en pocos minutos llegó
hasta el final de la plaza, cruzó la calle sin mirar y con el semáforo
en verde se abrió paso entre el tráfico fluido, imperturbable su andar.
Vi o mejor dicho creí ver que atravesaba literalmente un colectivo pero
esto no me turbó en lo más mínimo; estaba en paz conmigo mismo y eso
era lo que atesoraba; además la mente de uno cuando trabaja demasiado no
suele funcionar de la mejor manera y por ello a veces nos juega malas
pasadas.